jueves, 12 de marzo de 2026

El gato , Tove Ditlevsen

 



Tove Ditlevsen

Paraplyen (1952) Traducción: Blanca Ortiz Ostalé




Iban en el vagón, sentados frente a frente, y ninguno de los dos tenía nada de especial; no eran de esas personas que uno se queda mirando, harto ya de contemplar cómo el paisaje de siempre sale al encuentro del tren desde la distancia y se detiene un segundo para componer una imagen apacible de suaves curvas verdes y casitas con jardines de follaje tembloroso y agrisado por el humo que ondea tras los vagones como un largo estandarte vaporoso. Nadie mataba el tiempo intentando adivinar si estaban o no casados, si tendrían hijos, cuál sería su edad, a qué se dedicarían, etcétera. En su mirada inexpresiva se leían las palabras matrimonio y oficina. Él ocultaba la cara tras el periódico y ella parecía dormida. Así iban cada mañana y cada tarde a las horas en que oficinistas y comerciantes salen de casa y vuelven a ella. A menudo en el mismo asiento del último vagón. Aunque en los últimos tiempos ella había faltado algunos días, tal vez hubiese estado enferma. Él había ido solo y, a ojos de los demás, no había habido grandes diferencias. Había abierto el periódico, lo había leído con atención, había vuelto a doblarlo con mucho cuidado y lo había dejado en el asiento al apearse. Un oficinista de treinta y tantos años corriente y moliente. Ya había llegado el frío, así que la mujer quizá tuviese la gripe.

Le tocó la rodilla con suavidad.

—Ya llegamos —anunció.

No hacía ninguna falta, porque ella, en realidad, no estaba dormida. Se levantó, cogió el bolso de la red portaequipajes, se colocó bien el sombrero y bajó del tren delante de él. Él la observó de perfil cuando iban camino de casa. Se la veía cansada, como de costumbre. No tenía problema alguno ni más faena que otras mujeres que cuidaban de su casa y trabajaban; si acaso menos, porque ellos no tenían hijos. Pero había adoptado la expresión de quien lleva a cuestas todas las cargas del mundo. Al menos así lo veía él, y eso le molestaba. De un tiempo a esta parte se molestaba con facilidad.



Apretó los labios en una fina línea y se aclaró la voz:

—¿Sigue el gato en casa? —preguntó.

—Supongo que sí —contestó ella—, no he querido echarlo con este frío.

Él frunció el ceño y guardó silencio. El animal había ido infiltrándose en sus vidas lentamente. Una tarde, al volver a casa juntos, se lo encontraron maullando junto a la puerta. Ella le dio un poco de leche y lo dejó ir. A la mañana siguiente, el animal se presentó allí de nuevo y él le tiró una piedra cuando se marchaban, pero por la noche ella lo dejó pasar, porque estaba helando y al parecer el minino no tenía adónde ir. Por la mañana, la casa entera apestaba a porquería de gato, ni siquiera era un bicho medianamente limpio. Se restregó por sus piernas ronroneando a modo de disculpa y ella corrió por la casa limpiándolo todo y tratando de quitar el olor con amoniaco.

Así comenzó el conflicto del gato. Él lo echaba a la calle y ella otra vez lo dejaba entrar. Cuando estaban en la cama por las noches, oían su débil maullido al otro lado de la puerta y ella se levantaba a darle algo de comer, y mientras tanto, dentro del hombre iba creciendo y creciendo un resentimiento difícil de comprender. «¡No dejes que entre!», gritaba. Pero por la mañana el gato volvía a amanecer en el salón y se subía a las rodillas de su mujer con un salto elegante. Ella lo mimaba: «Ay, gatito, ojalá fueses más limpio». Hasta ella palidecía cuando tomaban café en medio de aquella peste. Mientras estuvo ingresada en el hospital, el marido logró deshacerse del gato. Cada vez que lo veía rondando la casa le arrojaba piedras y se lamentaba de no acertar nunca. Pero cuando ella volvió fue lo primero que hizo; preguntar por el gato. Se quedó junto a la puerta y lo llamó: «Ven, gatito; mamá está otra vez en casa». Y él acudió a su llamada como si nunca se hubiese alejado por esperarla. Retiró la nieve del escalón de la entrada y metió al animal en el cálido salón. Con la mejilla apoyada contra su pelaje, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. «Cosita preciosa», susurró. Él odiaba los sentimentalismos y también odiaba la suciedad y el desorden. Que malgastara energías y cuidados en otras cosas si quería. En el fondo se alegraba de que hubiese tenido un aborto. Ese niño habría dado al traste con una vida que en sus seis años de matrimonio no había hecho sino progresar. Tenían una casa en propiedad y un mobiliario precioso, amistades adecuadas y el jefe iba a cenar con ellos una vez al mes. Un niño habría supuesto que su mujer dejase de trabajar, habría empeorado su nivel de vida, habría arruinado su posición social. Él lo entendía como una desgracia y quería que ella también entrase en razón, pero iba por ahí envuelta en una dulce expectación y vivía en un mundo de ensueños donde no tenían cabida los áridos números y las cuentas. «Un niño de carne y hueso, un niño nuestro —decía extasiada—. ¿La casa? Si solo es una cosa muerta.»

Él tenía la sensación de que ella traicionaba el esfuerzo de ambos, que se alejaba de él para quedarse a solas con aquel cuerpo extraño y desconocido.

La encontraba cada vez más joven y más guapa por su culpa y sentía algo cercano a los celos por no ser capaz de participar de su dicha. En el hogar de su infancia habían sido seis hermanos y él lo recordaba como un eterno lloriquear y pelearse por la falta de dinero. Los hijos empobrecen a la gente.

¿Cuándo había llegado el gato? Debió de ser al poco de descubrir que ella estaba embarazada, aunque esa era toda la relación que guardaban ambos hechos. Una mañana, amaneció indispuesta y la llevaron al hospital a toda prisa, solamente fue cosa de unos días y él enseguida se sintió aliviado. Al fin y al cabo, no había sido culpa suya; también habrían salido adelante si hubiese nacido el niño, pero era mejor así. Fue al hospital a buscarla con unas flores compradas con la vaga sensación de que había que consolarla. Pero ella ignoró el ramo y lo llevó en un abrazo convulsivo y desmañado todo el camino en el coche. Permitió que le diera unas palmaditas en la mano, que descansaba en la de él como algo extraño, muerto. «No irás a decirme que has echado al gato», le soltó, y a él le pareció una frase rara, aunque ya se sabía que las mujeres no tienen ningún sentido de la proporción. Por espacio de unos días fue muy considerado y aguantó carros y carretas. La ayudó con los cacharros por las noches y soportó la presencia del gato. En una ocasión, incluso llegó a limpiar él mismo los excrementos. Pero en vista de que su mujer no parecía reparar en todos sus desvelos, lo dejó y volvió a comportarse como antes. Solo una vez, sentada con el gato en las rodillas, le dijo: «Qué, estarás contento, ¿no?». Se defendió, muy ofendido, y no tardó en convencerse de que en realidad era él el que había querido el niño y el único que lamentaba que se hubiese malogrado. Claro, como se había malogrado, podía permitirse lamentarlo. Ella con tener su gato ya estaba feliz. Pero ya se encargaría él de acabar con todo eso. Con su eterna porquería.

El olor salió a su encuentro en cuanto entraron por la puerta. Abrió de par en par todas las ventanas con muchos aspavientos, decidido a echar de allí a ese bicho. Aprovechando que su mujer estaba en la cocina, lo sacó de una patada de debajo del sillón, y el animal salió disparado en busca de ella.

La oyó parlotear y ponerle un poco de leche en un plato. Estaba tumbado en el diván cuando su mujer entró con el cubo, el amoniaco y el pelo recogido con un pañuelo. Fregona, pensó furioso.

Pero al verla allí agachada, la flexible espalda doblada, lo invadió un calor repentino que hasta a él lo sorprendió. Hacía ya mucho tiempo.

—Grete —la llamó.

—¿Qué pasa? —Ella no se dio la vuelta.

—Ven aquí un momento.

Se levantó del diván y se quedó en silencio, avergonzado ante la mirada clara e interrogante de ella. Qué demonios, pensó perplejo, si estamos casados. Pero ella pasó de largo sobre sus sensatos tacones bajos y de pronto le resultó tan irracionalmente extraña como si nunca la hubiese tenido entre sus brazos. Si no ha sido culpa mía, pensó con una rabia sorda, impotente, ¿qué podía hacer yo para que no se fuese al garete?

Se quedó mirando la puerta cerrada y reparó entonces en el gato, que lo seguía con ojos de fiera desde debajo del escritorio. Aguardaba en la postura en que se acecha a un ratón, en una tensión inmóvil y paciente. Él estaba muy quieto en el centro de la sala con la misma alerta acechante en todos los sentidos. Avanzó un solo paso hacia el animal, que arqueó el lomo y bufó con suavidad. Buscó con la mirada algo que arrojarle, pero en el instante en que apartó la vista, el gato saltó por una de las ventanas abiertas.

Las cerró una tras otra en las tres habitaciones y luego fue a comprobar si la puerta principal y la de atrás también estaban bien cerradas. Apoyado en la encimera, observó a su mujer. Ponía un poco de carne en la picadora, la atrapaba con los dedos al salir y la llevaba hacia un cuenco a medida que caía por los pequeños agujeros reptando como gusanos largos y claros.

—¿Dónde se ha metido el gato? —No apartó la vista de la carne.

Él se encogió de hombros.

—¿Cómo quieres que lo sepa?

Ella se apresuró a levantar la vista.

—Lo has echado a la calle —dijo. La ira hacía que le temblara un poco la voz.

—Ah, ese gato te tiene medio loca —replicó él intentando reír.

Ella se lavó las manos y se las secó a conciencia, dedo por dedo, con un gesto parecido al de ponerse unos guantes.

—Encuéntralo —ordenó con calma.

Él apartó la mirada. Quería hablar. Tenía un nudo en la garganta, como si fuese a llorar. Pero ¿qué es lo que pasa? Me mira casi con odio, pensó. Con aire desvalido, pasó a su lado y salió de la cocina.

—Gatito —llamó—; ven, gatito.

Si vuelve, se dijo, aún podría arreglarse todo. Pero el gato no aparecía por ninguna parte. Mientras lo buscaba por el jardín, toda su rabia desapareció, para dar paso a algo desconocido y abrumador a lo que no sabía dar nombre. Rebuscó entre los árboles y por la hierba cubierta de nieve, trataba de encontrar a un gatito que no traía más que disgustos, nunca alegrías; no tenía ningún sentido. Era un hombre que siempre se había dejado guiar por la razón y a causa de esa razón había ido progresando en la vida. Jamás había sentido la necesidad de hacer algo absurdo. Se había casado con una chica bonita de buena familia, en apenas unos años le darían un ascenso y tal vez pudieran permitirse tener un hijo. Grete podría dejar de trabajar.

—Gatito, minino… —suplicaba como si le fuese la vida en ello sin saber por qué.

Tenía miedo. Se adentraba en un terreno ignoto, ya no sabía quién era esa mujer de la cocina que le exigía que volviese con un gato sucio y roñoso. La quería como antes, quería poder hablarle de cosas normales, quería cogerla en sus brazos y volver a sentir el gozo de la posesión. Quizá pudiera comprarla con ese gato.

El animal estaba en una esquina del cobertizo y le bufó al verle acercarse.

—Gatito —susurró con dulzura—, no tengas miedo, vamos con mamá, ven.

El animal se escabulló entre sus piernas y se coló de un salto por la puerta abierta de la cocina. Cuando él entró, la encontró con el gato en brazos. Le había bañado el pelaje en lágrimas. Lo besaba en la cabeza, lo besaba por las patas, le succionaba con los labios por detrás de las orejas.

Advirtió que le temblaba todo el cuerpo.

—Grete —la llamó asustado.

Ella soltó al gato con tanta brusquedad como si despertase de un profundo sueño. Después se observó largo rato las manos que lo habían acariciado con tanta pasión. Levantó la vista, dio un paso inseguro hacia su marido y luego se detuvo y se restregó la frente con el dorso de la mano.

—Bueno —dijo—, voy a ver si termino de hacer la cena.

Él sintió que la ternura brotaba en su ánimo y quiso acercarse y aferrarla por los hombros, hacer algún tipo de aproximación, tal vez ella lo esperase, tal vez lo necesitase. Pero entonces, de repente, se preguntó si los vecinos lo habrían visto reptar entre los arbustos dando maullidos.

Se colocó la corbata y volvió al salón. El gato lo siguió sin perderlo de vista. Y aunque él fingió ignorarlo, fue consciente de su presencia todo el tiempo.

Fuente: Lecturia

domingo, 22 de febrero de 2026

El conejito

 

 

Detrás del espejo

salta mi conejo,

a veces me quejo

otras veces lo dejo.

Quizás su reflejo

llama mi atención,

entonces decide

saltar de emoción.

Mi lindo conejo

saltando el espejo,

Busca su reflejo

en cada ocasión.

 

 

 

 


 


IMAGO, video animación

 

Os dejo esta animación checa sobre un hombre que, ante un trabajo gris con un jefe estricto, y una mujer autoritaria, se refugia en el mundo de la imaginación. 
 Este cortometraje nos muestra en tono humorístico a un hombre que lleva una doble vida. En el trabajo es un humilde empleado que soporta a un jefe autoritario. En casa tiene una esposa dominante, un hijo malcriado y un perro que le muerde constantemente En su otra vida está rodeado de mujeres hermosas, seres fantásticos, plantas exóticas, en un mundo donde todos están dispuestos a hacer realidad sus sueños.
TÍTULO: Imago
DIRECTORES: Adolf Born, Jaroslav Doubrava & Milos Macourek
AÑO: 1985
DURACIÓN: 10 min.
PAÍS: Checoslovaquia
 
 
 

 
 

sábado, 21 de febrero de 2026

Somos hijos de un mundo distraído ..



    Somos hijos de un mundo distraído
que olvidó como hacer reír a los niños y en lugar de un cuento de hadas , regalamos un iPhone.
En lugar de colores, les compramos una tableta.
Somos hijos de un mundo distraído que olvidó como jugar con la bola,
hacer correr una cometa a la orilla del mar y correr descalzo por los prados.
Somos hijos del iPhone, smartphone, tabletas.
Queremos saber quién está al otro lado del mundo, sin ver quien está a nuestro lado.
Somos hijos de iPhone, smartphone, tabletas.
Somos hijos de un mundo distraído
hecho de tecnología y buenos días
olvidados.
De un café publicado en las redes sociales y un café ya frío para beber.
Somos hijos de un mundo distraído
que olvidó cómo hacer sonreír a un niño.

 Roser Calafell

 

domingo, 25 de enero de 2026

La serpiente y el Hacha



Una serpiente venenosa chocó accidentalmente con un hacha
y se hizo una pequeña herida.
El dolor fue leve… pero la ira fue inmensa.
Cegada por el enojo, decidió vengarse.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Qué daño puede causarle una serpiente a un hacha?
Exacto. Ninguno.
La serpiente, herida y llena de rabia, comenzó a sangrar por la boca.

Aun así, su sed de venganza era más fuerte que el dolor.
Intentó morder el hacha una y otra vez,
tratando de inyectar todo su veneno…
pero cada intento solo la hacía sufrir más.
Desesperada, decidió rodear el hacha con su cuerpo para asfixiarla.
Apretó.
Y cuanto más apretaba, más débil se sentía.
El dolor aumentaba…
pero la ira le daba fuerzas para continuar.
En un último arrebato, apretó con todas sus fuerzas. Al día siguiente, cuando el carpintero abrió la puerta de su taller,
encontró una escena impactante:
una serpiente sin vida, enredada alrededor de su hacha. Así funciona la ira en la vida real.
El deseo de venganza no daña al otro…
nos destruye a nosotros mismos.
Como dijo Buda:
“La ira es como un veneno que uno mismo toma,
esperando que el otro muera.” Un ataque de ira es como un incendio.
¿Y qué haces cuando hay fuego?
Te alejas. Porque es lo más inteligente.
Por eso, cuando sientas que la rabia te consume: Sal a camina Sube y baja escaleras Respira profundo No es simbólico, es real: Durante un ataque de ira, se duplica el riesgo de sufrir un infarto Miles de personas están en prisión por decisiones tomadas
en segundos de furia No seas como la serpiente de la historia.
No permitas que la ira te gane la batalla. Apaga el incendio.
Aléjate del odio.
Y proteger la tranquilidad es muy importante para ti.


domingo, 18 de enero de 2026

𝐆𝐫𝐚𝐦𝐚́𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐟𝐚𝐧𝐭𝐚𝐬𝐢́𝐚: 𝐢𝐧𝐭𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐚𝐥 𝐚𝐫𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐚𝐫 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬

 


Gianni Rodari
Es una recopilación de las experiencias del autor mientras enseñaba Italiano a los niños de una familia de judíos Alemanes, que creían haber encontrado en Italia un refugio contra las persecuciones raciales.
En esta época el autor llevaba una modesta carpeta que se titulaba Cuaderno di fantastica (Cuaderno de fantástica), donde anotaba no las historias que contaba, sino como nacían y los trucos que iba descubriendo, o creía descubrir para poner en movimiento las palabras y las imágenes.
Son muchas las actividades que Rodari realizó con sus apuntes antes de ser sistematizado en el libro que hoy reseñamos debido a la importancia que reviste para la enseñanza de la literatura infantil en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador y en otras casas de estudios.
Cabe destacar que Rodari jamás se propuso fundar una “Fantástica” ni mucho menos que se enseñara como un área estrictamente académica, por el contrario es una invitación al arte de inventar historias para niños y lo más importante cómo ayudar a nuestros niños a crear sus propias historias.
Se trata sólo de la invención por medio de las palabras y se sugiere que estas técnicas podrían ser transmitidas a otros lenguajes ya que una historia puede ser contada por un solo narrador o por un grupo, pero también puede cambiar de género y convertirse en teatro, teatro de títeres, en poema, etc.
Es importante señalar que el autor ofrece esta obra a todo aquel que crea que la imaginación debe ocupar un lugar propio dentro de la educación; a quien confíe en la creatividad infantil y a los que saben que “la palabra es un poder y en el valor de la liberación a través de ella”.
Realmente es una obra interesante para la enseñanza de la literatura infantil y un instrumento para la educación lingüística, es una forma sencilla de enseñar Lecto-escritura es un modo de que nuestros niños y nuestros maestros escriban.
Aunque no es una obra de reciente publicación resulta un valioso aporte a la educación, de lectura obligatoria.
  Pincha en la imagen y te redirigirá al libro.



martes, 13 de enero de 2026

«Cuentos al revés», de Gianni Rodari.




«ÉRASE UNA VEZ UN POBRE LOBILLO QUE LLEVABA LA COMIDA
DE SU ABUELA EN UN HATILLO».
 
 Charles Perrault escribió el cuento de Caperucita Roja en el siglo XVII. Un cuento de la tradición oral que fue pasando por Europa hasta que Perrault lo publicó en 1697. Su interpretación era bastante cruda y luego la suavizaron los hermanos Grimm, cuya versión es la más conocida.

A la largo de la historia de la literatura este cuento ha sido fuente de inspiración de muchos autores, como Gianni Rodari o Roald Dahl.

Chales Perrault nació en París el 12 de enero de 1628. Le recordamos por los cuentos de la tradición oral que dulcificó para no mostrar la crudeza de las versiones originales. Caperucita Roja, Cenicienta, El gato con botas, Barba Azul y Pulgarcito son algunos de sus títulos.
 
 
 https://www.loqueleo.es/uploads/2020/04/cuentos-al-reves.pdf

domingo, 11 de enero de 2026

El Cocodrilo, la Garza y el Cangrejo





​El imponente Cocodrilo, la astuta Garza y el siempre distraído Cangrejo decidieron asociarse para pescar en la laguna. Cuando tuvieron una buena cantidad de peces, dijo el cocodrilo al cangrejo que repartiera la pesca.
​El cangrejo hizo tres montones de peces del mismo tamaño y le pidió al cocodrilo que escogiera el suyo. Indignado el cocodrilo por esa repartición, abrió sus enormes mandíbulas y devoró al cangrejo.
​Entonces le pidió a la garza que fuera ella quien repartiera el botín. La garza hizo un enorme montón con casi todos los peces, dejando en el otro grupo solo un par de pequeños. Llamó al cocodrilo para que escogiera de nuevo. Al ver aquello, el cocodrilo le preguntó que quién le había enseñado a repartir tan bien:
​—¡Pues el cangrejo, señor, el cangrejo!

MORALEJA DE LA HISTORIA
​Aprendamos del error ajeno.


martes, 6 de enero de 2026

“El Duende que Encontró la Luz”

 

En lo profundo del Bosque Susurrante vivía Lilo, un pequeño duende curioso que siempre llevaba un sombrero demasiado grande para su cabeza. Aunque era travieso, tenía un corazón tan brillante como una luciérnaga.

Un día, mientras exploraba entre hojas gigantes y flores que cantaban, Lilo escuchó un suave llanto. Siguió el sonido hasta encontrar a una diminuta hada llamada Brillita, cuya luz se había apagado porque había perdido su varita.

—No puedo volar sin mi luz —dijo Brillita con tristeza.

Lilo, decidido a ayudar, buscó por todo el bosque. Preguntó a los caracoles mensajeros, a los hongos sabios y hasta al viento juguetón. Finalmente, encontró la varita atrapada entre unas raíces.

Cuando se la entregó, la luz de Brillita volvió a encenderse como una estrella recién nacida.
—Gracias, Lilo. Tu bondad es más brillante que cualquier magia —dijo el hada.

Desde ese día, Lilo y Brillita se convirtieron en los guardianes del bosque, recordando a todos que la verdadera magia nace cuando ayudamos a los demás.





miércoles, 31 de diciembre de 2025

El regalo que yo quiero

  

 


 El regalo que yo quiero
Yo no deseo un regalo
que se compre con dinero.
He de pedir a los Reyes
algo que aquí no tengo:
pido dones de alegría
y la canción de un jilguero,
y la flor de la esperanza
y una fe que venza el miedo.
Pido un corazón muy grande
para amar al mundo entero
Yo pido a los Reyes Magos
las cosas que hay en el cielo:
un vestido de ternura,
una cascada de besos,
la hermosura de los ángeles,
sus villancicos y versos,
y una sonrisa del Niño.
El regalo que yo quiero.

Gloria Fuertes

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

el Puente del Arcoíris.

 Justo de este lado del cielo hay un lugar llamado el Puente del Arcoíris.
Cuando un animal que ha sido especialmente cercano a alguien muere, ese animal se va al Puente del Arcoíris. Hay arroyos y colinas para que todos sus amigos puedan correr y jugar juntos. Hay suficiente agua, comida y sol y nuestros amigos no padecen frío y están cómodos.
Todos los animales que han estado enfermos o eran muy viejos son curados y recobran su vigor. Todos los que fueron lastimados son fuertes de nuevo, tal y como los recordamos en nuestros sueños sobre los días y tiempos que ya se fueron. Los animales están felices y contentos, excepto por una cosa: todos extrañan a esa persona especial para ellos que dejaron atrás.
Todos corren y juegan juntos, pero llega el día en el que de repente uno se detiene y mira a la distancia. Sus ojos brillantes se enfocan, su cuerpo emocionado tiembla. De repente empieza a correr alejándose del grupo, volando sobre el pasto verde, sus piernas llevándolo cada vez más rápido.
Ya te ha visto y cuando tú y tu amigo especial por fin se reencuentren, se abrazarán en una alegre reunión para no volver a ser separados. Los besos de felicidad lloverán sobre tu cara, tus manos acariciarán su cabeza y podrás ver otra vez a través de los ojos llenos de confianza de tu perro, que había estado tan lejos de tu vida, pero nunca ausente en tu corazón.
Entonces cruzarán el Puente del Arcoíris juntos.

Autor desconocido

El gato , Tove Ditlevsen

  Tove Ditlevsen Paraplyen (1952) Traducción: Blanca Ortiz Ostalé Iban en el vagón, sentados frente a frente, y ninguno de los dos tenía n...