En lo profundo del Bosque Susurrante vivía Lilo, un pequeño duende curioso que siempre llevaba un sombrero demasiado grande para su cabeza. Aunque era travieso, tenía un corazón tan brillante como una luciérnaga.
Un día, mientras exploraba entre hojas gigantes y flores que cantaban, Lilo escuchó un suave llanto. Siguió el sonido hasta encontrar a una diminuta hada llamada Brillita, cuya luz se había apagado porque había perdido su varita.
—No puedo volar sin mi luz —dijo Brillita con tristeza.
Lilo, decidido a ayudar, buscó por todo el bosque. Preguntó a los caracoles mensajeros, a los hongos sabios y hasta al viento juguetón. Finalmente, encontró la varita atrapada entre unas raíces.
Cuando se la entregó, la luz de Brillita volvió a encenderse como una estrella recién nacida.
—Gracias, Lilo. Tu bondad es más brillante que cualquier magia —dijo el hada.
Desde ese día, Lilo y Brillita se convirtieron en los guardianes del bosque, recordando a todos que la verdadera magia nace cuando ayudamos a los demás.










